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1.5 La utopía colectivista de derechas de Platón La búsqueda de Platón de una utopía jerárquica y colectivista encontró su expresión clásica en su famosa e influyente obra La República. Ahí, y después en Las Leyes, expone las líneas maestras de su ciudad-estado ideal: una polis en la que el gobierno oligárquico de derechas lo ejercen reyes-filósofos auxiliados por sus colegas filósofos, lo que hipotéticamente garantiza que gobiernen los mejores y más sabios de la comunidad. Bajo los filósofos se encuentran, en esa jerarquía de coerción, los «guardianes», soldados cuyo papel es atacar otras ciudades y territorios y defender la polis propia frente a la agresión externa. Sometido a ellos, a su vez, está el común de la gente, compuesto de despreciables productores: artesanos, campesinos y mercaderes que producen los bienes materiales de los que viven los filósofos y guardianes dominantes. Estas tres grandes clases, se supone, reflejan —en una extrapolación precaria y perniciosa como pocas— el gobierno correcto del alma humana. Para Platón, cada ser humano está dividido en tres partes: «una necesitante, otra agresiva, y otra pensante», y la jerarquía debe ser, supuestamente, la razón primero, la agresividad después y, por último, el mugriento deseo, que es lo más bajo. Las dos clases que realmente cuentan —pensadores y guardianes gobernantes— son forzadas a vivir, en el estado ideal de Platón, bajo el más estricto comunismo. Toda propiedad privada debe excluirse en la elite: todo ha de ser poseído en común, incluidas mujeres e hijos, y han de vivir y comer juntos, compartiéndolo todo. Y puesto que, según el aristócrata Platón, el dinero y las posesiones privadas sólo corrompen la virtud, éstos se negarán a las clases superiores. La rigurosa selección de quiénes formarán pareja entre la elite es tarea que corresponde al estado, que se guiará por los principios de reproducción científica ya experimentados en la cría de animales. Si algún filósofo o guardián se sintiera descontento con el arreglo, se le haría comprender que su felicidad personal no es nada en comparación con la de la polis como un todo; concepto éste turbio, cuando menos. De hecho, quien no se sienta seducido por la teoría platónica de la realidad esencial de las ideas difícilmente creerá que exista una entidad real con vida propia como la polis. Muy al contrario, la ciudad-estado o comunidad consiste en individuos, que son los únicos que viven y eligen. Para mantener en el buen camino tanto a la elite gobernante como a las masas sometidas, Platón instruye a los gobernantes-filósofos para que hagan correr la «noble» o piadosa mentira de que ellos, gobernantes-filósofos, son descendientes de dioses, mientras que las otras clases son de inferior linaje. La libertad de expresión e investigación, como cabía esperar, son anatema. Las artes se miran con suspicacia, y la vida toda de los ciudadanos queda sujeta a control policial para suprimir cualquier pensamiento o idea peligrosos que pudieran aflorar. No deja de asombrar que, con ocasión de organizar su clásica apología del totalitarismo, Platón contribuyera a la genuina ciencia económica, siendo el primero en exponer y analizar la importancia de la división del trabajo en la sociedad. Al estar su filosofía social fundada sobre la necesaria separación entre clases, Platón procedió a demostrar cómo tal especialización se funda en la naturaleza humana, en particular en su diversidad y desigualdad. Platón hace decir a Sócrates en La República que la especialización nace de que «no somos todos iguales, sino que hay una gran diversidad de naturalezas entre nosotros que se adapta a las diferentes ocupaciones». Como los hombres producen cosas diferentes, se intercambian de modo natural unos bienes por otros, con lo que la especialización necesariamente da paso al intercambio. Platón también señala que esta división del trabajo incrementa la producción de todos los bienes. No vio ningún problema, sin embargo, en la jerarquización moral de las distintas ocupaciones, con la filosofía ocupando el puesto superior, faltaría más, y el trabajo y el comercio mereciendo la calificación de actividades sórdidas e innobles. El uso del oro y la plata como moneda se aceleró enormemente con la invención de la acuñación en Lidia a comienzos del siglo VII a. C., extendiéndose rápidamente a Grecia el uso del metal acuñado. En consonancia con su menosprecio por la ganancia monetaria, el comercio y la propiedad privada, quizás fue Platón el primer teórico en denunciar el uso del oro y la plata como moneda. Oro y plata le disgustaban precisamente por servir de moneda internacional, que toda gente aceptaba. Puesto que los metales preciosos se aceptan universalmente y existen al margen del imprimátur del gobierno, el oro y la plata constituyen una amenaza potencial para la regulación económica y moral de la polis por sus gobernantes. Platón abogó por un dinero creado por el gobierno (un patrón fiduciario), con imposición de fuertes penas a la importación de oro, y por excluir de la ciudadanía a mercaderes y trabajadores que manejasen dinero. Una característica distintiva de la ordenada utopía pergeñada por Platón es que la polis, para poder permanecer bajo orden y control, debía mantenerse relativamente estática. Lo que significa poco o ningún cambio, innovación o crecimiento económico. Platón se anticipó a algunos intelectuales contemporáneos en su suspicacia ante el crecimiento económico, y por razones similares: en concreto, por el temor a que pudiera hacerse imposible el dominio que ejerce el estado a través de la elite gobernante. Particularmente difícil de resolver, a la hora de establecer una sociedad estática, es el problema que plantea el crecimiento de la población. Con plena coherencia, Platón reclama que se estabilice el crecimiento del tamaño de la ciudad-estado, limitando el número de ciudadanos a cinco mil familias de nobles terratenientes. Rothbard, M. N. (1995). Historia del pensamiento económico: Volumen I. El pensamiento económico hasta Adam Smith. 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Demócrito (ca. 460 - ca. 370 a. C.). Este influyente investigador de Abdera fue en cosmología fundador del «atomismo», doctrina que sostiene que la estructura última que subyace a la realidad está compuesta por átomos que interaccionan. Demócrito aportó al desarrollo de la economía dos importantes secuencias argumentales. En primer lugar, fundó la teoría del valor subjetivo. Los valores morales o éticos son absolutos, enseñaba, mientras que los económicos son necesariamente subjetivos. «La misma cosa», escribió, puede ser «buena y verdadera para todos los hombres, pero lo placentero difiere de uno a otro». No sólo la valoración es subjetiva, sino que la utilidad de un bien también puede llegar a anularse y hasta hacerse negativa si su oferta resulta excesiva. Demócrito también señaló que si la gente contuviera sus demandas y reprimiera sus deseos, con lo mismo que ahora tiene se sentiría relativamente más rica, en vez de empobrecida. Es un nuevo reconocimiento de la naturaleza relativa de la utilidad subjetiva de la riqueza. Además, fue el primero en adelantar una noción rudimentaria de preferencia temporal (la intuición austriaca de que la gente prefiere un bien presente a la expectativa de un bien futuro). Como explica, «no es seguro que el joven vaya a alcanzar una edad avanzada; de ahí que el bien que ya se tiene sea superior al por venir». Además de alumbrar la teoría de la utilidad subjetiva, su otra gran contribución a la economía fue la temprana defensa que hizo de un sistema de propiedad privada. En contraste con los despotismos orientales, en los que el emperador y los burócratas a su servicio poseían o controlaban toda la propiedad, Grecia descansaba sobre una sociedad y una economía en que predominaba el régimen de propiedad privada. Demócrito, que había podido contrastar la economía de propiedad privada de Atenas con el colectivismo oligárquico de Esparta, concluyó que la propiedad privada es superior como forma de organización económica. A diferencia de la propiedad comunal, la privada proporciona un incentivo para el esfuerzo y la diligencia, puesto que «el ingreso derivado de la propiedad comunal reporta menor placer, y el gasto, menor dolor». «El esfuerzo», concluye el filósofo, «es más dulce que la holganza cuando uno gana para sí aquello por lo que se esfuerza o sabe que podrá disponer del producto de su esfuerzo». Rothbard, M. N. (1995). Historia del pensamiento económico: Volumen I. El pensamiento económico hasta Adam Smith. Unión Editorial. image #democrito #teoriasubjetivadelvalor #rothbard
1.3 El primer «economista»: Hesíodo y el problema de la escasez. Nadie debería caer en el error de pensar que los antiguos griegos eran «economistas» en el significado moderno del término. En el curso de su pionera lucubración filosófica, sus cogitaciones sobre el hombre y su mundo produjeron fragmentos de pensamientos e intuiciones de carácter político-económico e, incluso, estrictamente económico. Lo que no escribieron per se, en cuanto tales, fueron tratados de economía en sentido moderno. Es cierto que el término «económico» es griego y procede de la oikonomia griega, pero oikonomia no significa economía en el sentido que hoy le damos, sino «administración doméstica». De hecho, los tratados de «economía» de entonces trataban de lo que hoy podría llamarse el aspecto técnico de la organización del hogar; algo sin duda útil, pero que no hay que identificar con lo que hoy se entiende por economía. Cabe, además, el peligro (que por desgracia no han evitado muchos historiadores, por lo demás muy capaces, del pensamiento económico) de querer leer en esos antiguos fragmentos un conocimiento que la economía moderna no adquiriría sino muy posteriormente. Si bien está claro que no se debe «preterir» ningún gigante del pasado, también debemos evitar «actualizarlos», agarrándonos a algunas oscuras sentencias, para consagrar supuestos —pero inexistentes— precursores de sofisticados conceptos modernos. El honor de haber sido el primer pensador económico griego corresponde al poeta Hesíodo, un boecio que vivió en la Grecia arcaica de mediados del siglo VIII antes de Cristo, en la pequeña pero autosuficiente comunidad agraria de Accra, a la que se refiere como «un lugar inhóspito… en invierno, malo; en verano, duro; y bueno, nunca». Estaba así naturalmente familiarizado con el eterno problema de la escasez, de la tacañería de los recursos en comparación con la amplitud de los objetivos y deseos del hombre. Su gran poema, Los Trabajos y los Días, consiste en cientos de versos compuestos para su recitación por un solista con acompañamiento musical. Pero Hesíodo era un poeta más didáctico que lúdico, y a menudo interrumpía el argumento de su discurso para educar al público en la sabiduría tradicional o hacer explícitas algunas normas de conducta. De los 828 versos de que consta el poema, los primeros 383 se centran en el problema económico fundamental de la escasez de recursos a que se enfrenta el hombre en la persecución de sus numerosos fines y deseos. Hesíodo adopta el común mito religioso o tribal de la «Edad Dorada», que refiere un supuesto estado original del hombre en un Edén o Paraíso de abundancia ilimitada. En este Edén original no existía, obviamente, ningún problema económico, porque al no haber escasez todo deseo era al instante satisfecho. Pero ahora, dice, todo es diferente: «los hombres nunca descansan, a causa del trabajo y las penas durante el día y del miedo a perecer durante la noche». Este miserable estado responde a la omnipresente escasez resultante de la expulsión del Paraíso original. Es ella, hace notar Hesíodo, la que obliga a asignar con eficiencia esfuerzo, materiales y tiempo. La escasez, además, sólo puede ser parcialmente superada por una enérgica aplicación del esfuerzo y el capital. En particular, resulta crucial el esfuerzo, el trabajo, lo que lleva a Hesíodo a analizar los factores que pueden inducir al hombre a abandonar ese casi divino estado de ocio. El primero de ellos es, por supuesto, la necesidad de cubrir las urgencias vitales básicas. Felizmente ocurre que la necesidad se ve reforzada por la desaprobación social de la holganza y va también unida al deseo de emular los patrones de consumo de nuestros semejantes. Para Hesíodo, la emulación conduce al sano desarrollo del espíritu competitivo, el «buen conflicto», fuerza vital que se moviliza para solventar el problema fundamental de la escasez. Para mantener la competición justa y armoniosa, Hesíodo excluye con vigor métodos injustos de adquisición de la riqueza como el robo, apelando a la regla de la ley e invocando el respeto a la justicia para establecer ese orden y armonía sociales en cuyo marco ha de expresarse el espíritu agonístico o de competencia. Debería estar ya claro que su visión del crecimiento económico, el trabajo y el rigor de la competencia era más optimista que la de Platón y Aristóteles, pensadores que aparecerían tres siglos y medio más tarde y que eran, con mucho, filosóficamente más complejos. Rothbard, M. N. (1995). Historia del pensamiento económico: Volumen I. El pensamiento económico hasta Adam Smith. Unión Editorial. image
(...) La obra del historiador alemán «austriaco» Emil Kauder, que data también de esas décadas, completó y reforzó el impacto del revisionismo escolástico. Kauder reveló que el pensamiento económico dominante en Francia e Italia durante el siglo XVII y especialmente el XVIII también fue «protoaustriaco», por cuanto insistía en la utilidad subjetiva y en la escasez relativa como determinantes del valor. Con este trasfondo de partida, Kauder procedió a una impactante revisión (implícita en su propia obra y en la de los revisionistas de la escolástica) del papel de Adam Smith en la historia del pensamiento económico, según la cual Smith, lejos de ser el fundador de la ciencia económica que se había supuesto, había sido más bien todo lo contrario. Smith, que recibió íntegra y casi por completo desarrollada la tradición subjetiva proto-austriaca del valor, trágicamente condujo la economía por un camino falso y sin salida, del que los austriacos hubieron de rescatarla casi un siglo más tarde. En lugar de dar cabida a la dimensión subjetiva del valor, a la función empresarial y al énfasis en la formación de los precios reales en el mercado, Smith pasó por alto todo esto y lo reemplazó por una teoría del valor basada en el trabajo y por un interés casi exclusivo en el inalterable «precio natural» de equilibrio a largo plazo, dibujando así un mundo en el que la función empresarial no tiene, por definición, cabida. Ricardo intensificaría y sistematizaría este desafortunado desplazamiento del foco de interés. Si Smith no fue el fundador de la teoría económica, tampoco lo fue del laissez-faire en economía política. Los analistas escolásticos no sólo fueron firmes creyentes en la virtualidad del libre mercado, sino también críticos de la intervención gubernamental. Hasta los economistas franceses e italianos del siglo XVIII exhibían un talante más liberal que Smith, quien introdujo numerosas objeciones y matizaciones a lo que había sido, en manos de Turgot y otros, una defensa casi a ultranza del laissez-faire. Resulta así que, lejos de merecer veneración por haber creado la economía moderna y el laissez-faire, Smith estaba mucho más cerca de la imagen que de él pintó Paul Douglas en la conmemoración que Chicago hiciera en 1926 de su Riqueza de las naciones: Adam Smith fue el precursor por excelencia de Karl Marx. Rothbard, M. N. (1995). Historia del pensamiento económico: Volumen I. El pensamiento económico hasta Adam Smith. Unión Editorial. #Historiadelpensamientoeconomico #MurrayRothbard #AdamSmith image
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