Reflexiones del tirano
El frío se arrastra por las paredes de piedra como un visitante indeseado, acariciando mis huesos con una crueldad que no conozco. Estoy aquí, en este rincón del infierno donde los sueños de grandeza vienen a morir, y no puedo evitar que mi mente se remonte a los tiempos en que el mundo se inclinaba ante mi sombra. ¿Cómo es posible que haya llegado a esto? ¿Cómo pude dejar que las ratas me devoraran el trono sin ofrecer resistencia?
¡Esos malditos! —grito en silencio, mientras mi aliento forma pequeñas nubes que se disipan en la oscuridad—. Esos hijos de Satanás me traicionaron, estoy completamente seguro. Sus lenguas aceitosas, sus sonrisas de serpiente, sus infinite promesas de lealtad... todo era una farsa monumental. Ahora imagino sus rostros satisfechos, sus ojos brillando con el brillo robo del triunfo mientras ocupan los lugares que antes me pertenecían. La indignidad de la situación me hierve la sangre.
Aquí el frío es una entidad con vida propia, una presencia hostil que me envuelve en su abrazo esquelético. Las paredes rezuman humedad y desesperación, y a través de las grietas del viejo concreto se colan insultos en español e inglés, lanzamientos de piedras verbales que me alcanzan con la precisión de dardos envenenados. Cada palabra es un golpe, cada improperio un recordatorio de mi caída estrepitosa.
La ausencia de Cilia es el vacío más profundo. Su rostro, antes tan cercano, se ha desvanecido como niebla matutina. La incertidumbre de su paradero me consume más que el hambre, más que el frío, más que la humillación pública. ¿Habrá encontrado la libertad que a mí me fue negada? ¿O compartirá mi destino en algún calabozo olvidado por los mismos que una vez me besaban los anillos?
Esos aduladores infernales me intoxicaron con su incienso de falsedad, me cegaron con sus jaladas de bolas hasta que no pude ver las dagas que afilaban en la oscuridad. Me enfermé de poder como quien se enferma de orgullo, creciendo en mi propia soberbia hasta que las raíces de mi reino quedaron al descubierto, vulnerables a las termitas de la traición.
Si alguna vez salgo de este infierno —porque me niego a aceptar que esto sea mi final—, los haré pagar. Cada uno de ellos probarán la arrechera que he perfeccionado durante años de dominio. Haré que el Helicoide se les quede pequeño, que deseo encontrar una celda como esta como un refugio. Me inventaré crímenes, fabricaré delitos, porque la imaginación siempre fue mi mayor aliado y ahora será mi instrumento de venganza más despiadado.
Hasta mañana, si es que el amanecer decide visitarme en mi mazmorra. Si es que mis enemigos me permiten sobrevivir otro día para atormentarlos con mi presencia. Si es que el frío no decide reclamar lo que ya casi le pertenece.
